miércoles, 22 de julio de 2009

Jornada

Si he conseguido dormir un poco, mi día empieza con el grito del despertador a las seis. Hasta las 6.40 h., me da tiempo sin prisas ni agobio a ducharme, tomar el desayuno, vestirme y preparar el bocadillo. El autobús es muy puntual y llega a la parada a las 7.12 h.

Superada la ansiedad del fichaje de entrada, me toca esperar desocupado, inquieto y aburrido a que lleguen las 14.30 h. Los únicos alicientes son la tertulia del almuerzo, la suplencia en la sala y ajustar el transporte de regreso.

Llego a casa cansado, sudoroso y disgustado. Después de comer, fregar y recoger la fregada, mi mayor preocupación suele ser que pase el tiempo rápidamente entre la lectura y las propuestas de la pantalla del ordenador, básicamente prensa digital, juegos e información meteorológica. En otra ocasión relacionaré las pequeñas municias que marcan el paso de los días.

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