martes, 10 de agosto de 2010

Mañanas de julio y agosto

La investigación de las vidas de otros a través de su huella en viejos manuscritos de los siglos XVIII y XIX es una experiencia apasionante, que he vivido en el ambiente fresco de una sala de consulta a la que llega el sonido de las campanas de la iglesia vecina, señal del paso inexorable de las horas.

Sumergido en testamentos, inventarios e interrogatorios, me he librado del calor húmedo y de media docena de bolígrafos agotados por el movimiento frenético de mi mano que emborrona folios sin cesar. El trato amable y atento del personal del archivo rompe la figura tópica construida durante décadas contra los empleados públicos.

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