No imaginaba en mi anterior comentario que volvería sobre la muerte, sobre la marcha de mi ser más querido cuando debería estar de fiesta. Siento un angustioso vacío interior que me corroe lentamente, han caído los pilares de mi mundo íntimo aunque en la superficie no se note nada y siga instalado en la rutina de los días.
El consuelo de acompañar a mi padre, de asistir a las celebraciones litúrgicas y de recibir el afecto sincero de las personas que me rodean, es una ayuda impagable pero a la vez mantiene abierta y sangrante la herida interior.
La fe y el amor nos salvan y nos conducen a la esperanza. Ahora se trata de que mi madre no se difumine en mi corazón y en mi memoria. Las lágrimas no llegan a los ojos, quizás no he interiorizado la dureza de esta pérdida, las actividades me ocupan el pensamiento o la confianza en que haya alcanzado el cielo me sostiene.
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