Ya tengo el trasto, icono o fetiche de la comunicación en estos tiempos, y, de momento, no me parece tan dificil de manejar. Me siento casi como un chiquillo con zapatos nuevos y un suculento pastel de trufa y nata. Ahora se trata de manejarlo con prudencia y astucia para sacarle el máximo provecho y que no se convierta en un engorro controlador.
Las fotocopias de la hoja de servicios del mejor recuerdo de mi infancia me han provocado unas sensaciones extrañas que no acierto a definir. El conocimiento de la vida profesional de un hombre bueno y cabal, que tanto me quiso, es una forma de mantener viva su memoria.
El incidente vivido en las clases vespertinas me ha afectado demasiado. Una réplica tan visceral, virulenta y áspera a un sencillo comentario es la forma más directa de acabar con cualquier diálogo. Vista la experiencia, intentaré ni opinar, ni debatir.
La tramitación administrativa de las donaciones me hace evocar los años negros vividos en Campanar con la diferencia de que allí no había una biblioteca, y sentirme cada vez más distanciado de esta profesión.
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